Agradezco inmensamente mi infancia, recuerdos de risas, amigos, tierra y tardes enteras jugando en el patio de mi casa. No puedo decir un lugar fijo en donde juntar todos estos recuerdos porque como pocas personas, cuento al menos 6 casas entre Santiago y Villarrica donde fui feliz durante mi niñez. Recuerdo siempre buscar lugares donde poder correr o saltar, una barandilla que pudiese servir como barra de equilibrio o una escalera se convertían en juguetes instantáneos, tierra donde descubrir insectos nuevos (para mi) y jugar con mi perro, recuerdo los días de sol que me llamaban de energía y me llamaban a salir a la aventura, porque para un niño, el día dura mientras haya sol, y los días grises que me incomodaban, me daban sueño más que nada.
Es lo que cada niño tiene, su curiosidad, sus ansias de comerse un mundo desconocido, porque para ellos todo es una aventura, cada día una oportunidad de ser felices, descubrir y aprender. Es lo que contagia a los adultos, que piensan saberlo todo y pierden esa luz, ese asombro por la vida. Cuando un pequeño llega, es verdad, hay días malos, porque son impredecibles y aun no tienen ese estúpido valor de las cosas materiales, pero cada nueva palabra y cada gesto se vuelve una contagiosa alegría en el hogar.
Si bien tenemos muy en claro que los tiempos han cambiado, arrebatar algo tan especial a una persona es casi un acto imperdonable, en que muchos padres actuales caen sin notarlo. Pues el querer controlar algo tan puro y alegre, solo por el hecho de no tener la paciencia necesaria para guiarlos durante esta etapa es horrible. Veo a mis primos, por ejemplo, que nos visitan casi cada fin de semana, para venir a jugar con mi hermano pequeño.
Mi departamento es pequeño, y se hace una caja de fósforos cuando hay 3 pequeños y 3 adultos, uno, debo reconocer, con la paciencia del porte de un maní, mi tío. Mis primos son famosos por su energía explosiva, impulsiva y destructiva, ademas de su incontrolable impulso por gritar cada vez que algo los altera, sea bueno o malo. Lo único que los mantiene relativamente tranquilos es jugar con las tablets y con el celular, lo que es empeorar las cosas porque no gastan toda la energía que corre por sus pequeños cuerpos y a demás invoca su mal genio cada vez que e descargan o que mi tío no puede pasarles su celular. Sus ansias de jugar fueron cambiadas por una necesidad de mantenerse conectados, impulsada por sus padres, sin querer hacerles daño, para poder mantenerlos tranquilos, en espacios tan reducidos como un departamento.
Los niños buscan lugares espaciosos durante los días soleados donde puedan ser ellos mismos, tristemente cerca de mi casa no hay muchos, por lo que pocas veces los llevan a algún parque los fines de semana, en donde tengo que admitir se sienten liberados, y mi tío se siente más seguro por el hecho de tenerlos de igual manera en un ambiente controlado donde poder manteneros vigilados y descansar él también. Hace falta lugares así, que motiven tanto a padres como a niños, a salir y disfrutar una tarde en donde ambos lo pasen bien, un lugar donde puedan jugar, explorar, descubrir y conversar con libertad y salir de ese encierro mental que lo aprisiona.